La Gran Comparsa del Día de Muertos llena de color y memoria las calles de Oaxaca

El sonido de las bandas anuncia que la fiesta ha comenzado. En Oaxaca, el viento sopla distinto cuando llega la Fiesta de Todos Santos: huele a copal, a pan de yema y a cempasúchil recién cortado. Desde la Fuente de las Ocho Regiones, un torrente de música, color y tradición se abre paso hacia el corazón de la ciudad. Es la Gran Comparsa del Día de Muertos, conocida como La Fiesta más Viva de Todas, donde la muerte se disfraza de alegría y el pueblo entero sale a danzarle a la memoria. Más de 50 contingentes recorrieron la ciudad como un río multicolor. Marmotas giraron en el aire como soles danzantes; los carros alegóricos relucieron con altares, tumbas, calaveras, velas y penachos. Las calles palpitaron con risas, música y rostros pintados que se confundían entre catrinas, catrines, esqueletos y disfraces hechos de papel, plumas, luces, listones y textiles. Las Chinas Oaxaqueñas bailaron con sus faldas negras elegantes, canastas floridas y faroles de brujas; mientras los monos de calenda se asomaban sobre la multitud como guardianes del público. El aire vibró con los acordes de mariachis y las cuerdas alegres de las y los jaraneros. A su paso, los alebrijes ardieron en color, música y diversión; y las lloronas cantaron entre las calles del Corazón Cultural de México. Desfilaron también los 16 pueblos, la locomotora, mascarás de cartonería, flores vivas de cempasúchil, doncellas, panes de muerto, diablos rojos y loterías vivientes, en una celebración que transforma la memoria en cuerpo y

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